«Tiramisù» significa literalmente «levántame» o «tírame hacia arriba». No es casualidad: el postre nació pensado como un impulso de energía, gracias al café y al cacao, ingredientes que en la Italia de posguerra tenían casi estatus de tónico reconstituyente.
La mayoría de los historiadores gastronómicos ubica su creación en Treviso, en el restaurante Le Beccherie, a finales de los años sesenta. Pero Friuli-Venezia Giulia también reclama una versión previa, más rústica, servida en las osterie como reconstituyente para trabajadores. Lo cierto es que el tiramisú tal como lo conocemos —con capas definidas y presentación en molde— se consolidó en el Véneto y de ahí conquistó Italia entera en los años setenta y ochenta.
El equilibrio depende de tres elementos: el mascarpone bien frío y sin batir en exceso (para no cortarse), el café espresso robusto pero no amargo, y los savoiardi —soletas— que deben remojarse rápido, apenas unos segundos, para no perder estructura. El cacao amargo espolvoreado al final no es decoración: corta la dulzura del mascarpone y aporta ese contraste que define al postre.
Muchas versiones actuales agregan marsala o amaretto, pero las recetas trevigianas más tempranas prescindían del alcohol. Fue una adaptación posterior, hoy tan extendida que muchos la creen «tradicional».
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