En Italia, el 24 de diciembre la mesa no espera a la medianoche para lucirse: la Vigilia es, para muchas familias, más importante que el propio día de Navidad. Y tiene una regla curiosa para quien no la conoce: nada de carne.
La tradición viene de la costumbre católica de guardar abstinencia antes de una gran celebración. Comer «de magro» —sin carne— se convirtió, con los siglos, en la excusa perfecta para llenar la mesa de pescados y mariscos, cada región con lo suyo. Así nació lo que hoy se conoce popularmente como La Vigilia dei Sette Pesci (la Vigilia de los siete pescados), aunque ese número exacto es más fuerte en la memoria de los italoamericanos que en Italia misma, donde nadie cuenta con tanta precisión: hay familias con cinco platillos, otras con nueve.
En Nápoles y el sur no puede faltar el baccalà (bacalao) o el capitone, una anguila que se fríe o se guisa. En el norte, en cambio, es más común ver almejas, mejillones y un buen risotto de mariscos. Lo que sí une a toda Italia es el espíritu: platillos que se preparan entre varias manos, se sirven despacio y se comen conversando, porque la Vigilia es, ante todo, una cena que dura.
En México también existe la costumbre de comer bacalao o romeritos en Nochebuena, herencia igualmente ligada a la abstinencia católica. No es casualidad: son dos culturas que resolvieron el mismo mandato religioso con su propio mercado y su propia memoria de sabores.
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