Después de la pasta, después de la pizza, después del postre, en Italia llega un momento silencioso pero esperado: alguien pregunta «¿un amaro?». No es un capricho, es casi un rito.
El amaro (amargo, en italiano) es un licor macerado con hierbas, raíces, cortezas y a veces flores o cítricos, que se toma solo, a temperatura ambiente, al final de la comida. No hay una receta única: cada región, cada familia casi, tiene la suya. El Amaro Montenegro nace en Bolonia, el Braulio en Lombardía con hierbas alpinas, el Averna en Sicilia con un perfil más dulce y especiado. Todos comparten una base amarga que, según la tradición popular italiana, ayuda a «cerrar» la digestión.
Muchos amari nacieron en farmacias y monasterios del siglo XIX, cuando monjes y boticarios maceraban hierbas medicinales en alcohol para tratar males estomacales. Con el tiempo, ese remedio se volvió costumbre social: de la farmacia a la mesa, del vaso medicinal a la copa compartida entre amigos.
Solo, con hielo si se prefiere más suave, o en cóctel (el Negroni lleva Campari, un pariente cercano del amaro). Lo importante es el momento: siempre después de comer, nunca antes.
México tiene su propia cultura de digestivos herbales y bebidas de sobremesa. No son lo mismo, pero comparten una lógica parecida: cerrar la comida con algo intenso, casi ceremonial.
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